21
May
08

Feynman y las mujeres

El Nobel de Física en 1965 Richard Feynman cuenta en el libro “¿Está usted de broma, señor Feynman?” (Alianza Editorial; Madrid, 1987: en el epígrafe “Las preguntas, sin más”, páginas 214-223) una anécdota -un tanto larga, pero que merece la pena- en Nuevo México a modo de lección sobre las mujeres. Reflexionaba con el presentador de un espectáculo y su mujer Gloria en un club sobre la gente dispuesta “a gastar un montón de dinero con las chicas” que frecuentaban aquellos locales (las cursivas son del texto original, las negritas son mías):

<<Acabé diciéndoles que había una cosa que me chocaba mucho. “Yo me tengo por persona inteligente -dije-, pero a lo mejor mi inteligencia solamente sirve para la física. Ahora, en ese bar hay tipos inteligentes a montones -técnicos del petróleo, gente de la minería, empresarios importantes y demás- que no paran de invitar a las chicas a consumiciones, y que tampoco se comen una rosca. (Para entonces ya había deducido yo que nadie estaba logrando gran cosa a cambio de las consumiciones.) ¿Cómo es posible -les pregunté- que hombres inteligentes puedan convertirse en semejantes bobalicones en cuanto ponen los pies en un bar?”

El presentador respondió: “Sobre eso lo sé todo. Sé exactamente cómo funciona. Voy a darte unas lecciones, para que en lo sucesivo puedas sacar algo de las chicas de sitios como éste. Pero antes de que te dé las lecciones, tengo que demostrarte que verdaderamente sé de qué estoy hablando. Para eso, Gloria va a hacer que un hombre te invite a ti a tomar un cóctel de champán.”

Yo respondí “Por mí vale”, pero estaba pensando “¿Cómo demonios van a hacerlo?”

El presentador prosiguió: “Ahora tienes que hacer exactamente lo que te vamos a decir. Mañana por la noche te sientas un poco lejos de Gloria, y cuando ella te haga una señal, todo lo que has de hacer es pasar por su lado.”

“Sí -añade Gloria-. Será fácil.”>>

A la noche siguiente, al cabo de un tiempo, un tipo se sienta al lado de Gloria, Feynman hace lo acordado y, cuando pasa a su lado, Gloria le dice “¡Oh! ¡Hola, Dick! ¿Cuándo has vuelto a la ciudad? ¿Dónde has estado metido todo este tiempo?”

Entonces una sucesión de miradas del “tipo” escrutan a Feynman:

<<Primera mirada: “¡Uh, uh! ¡Ya llegó la competencia! ¡Verás como el tío ese se la lleva después de haberla invitado yo! Veamos que pasa.”

Siguiente mirada. “No. Es un encuentro casual. Parece que son amigos desde hace tiempo.” Yo podía ver cómo pensaba todo eso. Podía leerlo en su rostro. Sabía exactamente lo que estaba pasando por su interior.

Gloria se vuelve hacia su acompañante y le dice: “Jim, me gustaría presentarte a un viejo amigo, Dick Feynman.”

Siguiente mirada: “Ya sé lo que voy a hacer: voy a mostrarme amable con el tipo éste. Así le caeré mejor a ella.

Jim se vuelve hacia mí y dice: “Hola, Dick. ¿Tomas una copa?”

“¡Estupendo!”, respondo.

“¿Qué quieres tomar?”

“Lo que ella tome.”

“Camarero, otro cóctel de champán.”

Así que la cosa era fácil. No tenía pega. Esa noche, después de que cerraran el bar volvía al motel donde se alojaban Gloria y el presentador. Estaban riendo y bromeando, muy contentos de lo bien que les había salido la jugada.

“Perfectamente -dijo yo-. Estoy plenamente convencido de que vosotros dos sabéis exactamente de lo que habláis. Bueno, ¿qué hay de las lecciones?”

“Muy bien -dice él-. Mira, todo se funda en lo siguiente: el hombre quiere quedar como un señor, No quiere que lo tomen por un patán, ni quiere parecer zafio y grosero. Pero sobre todo, no quiere parecer avariento y tacaño. En tanto la chica conozca tan claramente las razones de la conducta del hombre, le resultará pan comido irle llevando en la dirección que ella quiera.

“Así pues -prosiguió diciendo-, bajo ningún concepto te comportes caballerosamente. Tienes que ser desconsiderado con las chicas. Además la regla primera y fundamental es: no invites a nada a la chica, ni le compres nada -ni siquiera una cajetilla de cigarrillos- hasta que le hayas preguntado si va a acostarse contigo y estés seguro de que ella está dispuesta a hacerlo, de que no miente.”

“Uh…quieres decir…que no…uh…, ¿que se les pregunte así, sin más?”

“Exactamente -dice él-. Ya sé que es tu primera lección, y quizás te cueste bastante ser tan rudo. Piensas que desearías invitarla o regalarle algo -una chuchería cualquiera- antes de preguntárselo; pero lo único que se logra es hacerlo más difícil.”

Bueno, basta con que alguien me dé el principio, y yo ya saco la idea. Durante todo el día siguiente estuve mentalizándome. Adopté la actitud de que todas esas chicas de alterne eran unas perras, que no valían nada, y que para todo lo que están es para sacarte los cuartos y hacer que les pagues consumiciones, sin darte absolutamente nada a cambio; no estoy dispuesto a ser caballeroso con estas perras infames, y así sucesivamente. Lo practiqué una y otra vez, hasta que fue automático.>>

Entonces, Feynman decide poner en práctica en su cambio de actitud para con el sexo femenino. Una chica llamada Ann, que tonteaba con un teniente, sonríe a Feynman, el cual le devuelve la sonrisa:

<<Algunos minutos después ya no está con el teniente; en cambio le está pidiendo al del bar su bolso y su abrigo, diciendo en voz alta, con intención obvia: “Me gustaría ir a pasear. ¿Quiere alguien venir conmigo a pasear un poco?”

Yo pienso para mí: “Uno puede decir que no, y apartarlas de sí, pero no permanentemente, o no llegará a nada. Llega un momento en que hay que entrar en el juego…” Así que fríamente le digo: “Yo iré a pasear contigo”, y salimos. Bajamos por la calle unas cuantas manzanas y vemos un café. Ella me dice: “Tengo una idea. Compremos unos bocadillos y vayamos a mi cuarto, a comérnoslos.”

La idea parece muy buena, así que entramos en el café y ella pide tres bocadillos y tres cafés, y yo los pago.

Al salir del café voy pensando: “Algo va mal. ¡Demasiados bocadillos!”

De camino hacia su motel, ella me dice: “Sabes, no voy a poder tomar contigo los bocadillos, porque va a venir un teniente…”

Yo pensé para mí: “Ves, ya fallaste. El presentador te dio una lección sobre lo que tenías que hacer, y has fallado. Le has comprado bocadillos y café por valor de 1.10$ sin pedir nada a cambio, y ahora que no voy a conseguir nada. Tengo que recuperarme, aunque sólo sea por el honor de mi maestro.”

Me paro de pronto, y le suelto: “Eres…peor que una PUTA!”

“¿Qué quieres decir? ¿A qué viene eso?”

“Me has hecho comprarte estos bocadillos, y ¿qué voy a recibir por ellos? ¡Nada!”

“Mira que eres roñoso! -dice ella-. ¡Si eso es lo que crees, te pagaré lo que costaron!”

¡Que enseñe las cartas!: “Págame, pues.”

Quedó atónita. Echó mano de su monedero, cogió el poco dinero que tenía, y me lo dio. Yo cogí mi bocadillo y mi café y me fui.

Después de comérmelo, volví al bar a dar cuenta de lo sucedido a mi maestro. Le expliqué todo, y le dije que sentía haber fallado, pero que intenté recuperarme.

Él me dijo muy tranquilamente: “Todo va bien Dick, todo va bien. Dado que acabaste por no comprarle nada, te aseguro que ella va a dormir contigo esta noche.”

“¿Qué?”

Me has oido perfectamente. Ella se acostará contigo esta noche. Estoy seguro.”, dijo con total confianza.

“¡Pero si ni siquiera está aquí! ¡Ella está en su cuarto, con el ten…!”

“No te preocupes.”

Dan las dos de la madrugada, el bar cierra, y Ann no ha aparecido todavía. Les pregunto al presentador y a su mujer si puedo ir con ellos a su motel. Me dicen que desde luego.

Justo cuando salimos, aquí llega Ann, que cruza corriendo la Ruta 66 y se viene hacia mí. Se cuelga de mi brazo, y dice: “Venga, vamos a mi habitación.”

El presentador tenía razón. ¡Fue una lección impresionante!

Aquel otoño, de vuelta en Cornell, estaba yo bailando con la hermana de uno de los doctorandos, que había venido de Virginia a visitarlo. Era una joven muy agradable, y de pronto se me ocurrió esta idea: “Vayamos a un bar a tomar una copa”, le dije.

De camino hacia el bar iba reuniendo valor para poner en práctica con una muchacha normal la lección del presentador. Después de todo, uno no siente tanto remordimiento con una chica de alterne que lo único que intenta es sacarte consumiciones, ¿pero con una chica ordinaria, agradable, una chica del Sur?

Entramos en el bar, y antes de que nos sentáramos, le dije: “Oye, antes de que te invite a una copa, quiero saber una cosa: ¿te acostarás conmigo esta noche?”

“Sí.”

¡Así que también funcionaba con una chica corriente! Pero por eficaz que fuera la receta, en realidad nunca he vuelto a echar mano de ella desde entonces. Hacerlo así no me causaba ningún placer. Aunque era interesante enterarse lo muy distintas que eran las cosas de lo que me habían enseñado mis mayores.>>

Otra aplicación práctica de Feynman (págs. 261-262), que aceptó que un hombre le presentara unas prostitutas:

<<… “Vale, preséntamelas.”

Fuimos hasta la mesa de las chicas, hizo las presentaciones y se fue un momento. Llegó una camarera y nos preguntó qué queríamos beber. Yo pedí agua, y la chica que estaba a mi lado dijo: “¿Le parece bien si pido champán?”

“Puedes tomar lo que quieras -dije fríamente-, porque te lo vas a pagar tú.”

“¿Qué te pasa? -dijo ella. ¿Eres un roñoso, o qué?”

“Has dado en el clavo, preciosa.”

“¡Desde luego no eres un caballero!”, dijo ella, indignada.

“¡Me has calado rápido”, repliqué. Ya había aprendido yo muchos años antes, en Nuevo México, a no ser un caballero.

Pronto eran ella quienes me invitaban a beber. ¡Se habían invertido completamente los papeles!>>

Estuvieron un rato hablando con él, luego Feynman jugó un rato con el dinero de las chicas -“… jugando a actuar conmigo de igual modo que suelen tratarlas a ellas. Me preguntaron: “¿Te apetece jugar? Nosotras te daremos el dinero, e iremos a medias con las ganancias.”- hasta que pasado un rato de juego “volvieron al trabajo”.

Espero que os haya gustado -e incluso os sea útil- la anécdota transcrita.

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