26
Nov
08

Ganar la guerra y perder la paz

nixon_vietnam A veces las noticias que marcan la diferencia no están en portada. En concreto, me llamó la atención una noticia que apareció en El País” el lunes 24 de noviembre de 2008 en la página 5, en la sección Internacional. Aquí la extracto (pongo en cursiva las citas en este post, las negritas -salvo el título- son mías):

El Gobierno iraquí teme una rápida salida estadounidense

AGENCIAS – Bagdad / Damasco – 24/11/2008

El Gobierno iraquí teme las consecuencias que podría tener para su seguridad una rápida retirada de las tropas estadounidenses. El ministro de Defensa, Abdel Qáder Yasim, declaró el sábado que si el presidente electo Barack Obama cumple su compromiso electoral de sacar a los soldados en 16 meses, las exportaciones iraquíes de petróleo podrían verse seriamente amenazadas. El ministro hizo hincapié en la necesidad de que se respete el pacto suscrito entre EE UU e Irak, que prevé una retirada escalonada hasta finales del 2011. (…)

Según el ministro de Defensa, tres años dan a Irak “tiempo suficiente” para completar la formación “técnica, de combate y de entrenamiento” de sus fuerzas de seguridad. De lo contrario, Irak puede verse “cercado por sus vecinos”.

(…)

Washington criticó ayer duramente a Siria “por dar refugio” a los terroristas que atacan Irak durante una conferencia sobre seguridad celebrada en Damasco. Por el contrario, los demás aliados occidentales presentes, incluido Reino Unido, alabaron los esfuerzos de Siria por impedir la infiltración de combatientes extranjeros en Irak.

Una noticia con más trascendencia de la que parece, ya que me llevó a recordar algunas palabras del infravalorado Nixon en su libro “No más Vietnams” (publicado por la editorial Planeta) acerca de cómo se perdió la guerra del Vietnam, una guerra que ya estaba ganada.

Dentro del capítulo 1, LOS MITOS DEL VIETNAM, en la siguiente sección:

MITO II: LA GUERRA DEL VIETNAM NO SE PODÍA GANAR:

(…), la guerra del Vietnam no era imposible de ganar. Una estrategia distinta, tanto en lo militar como en lo político, podía habernos asegurado la victoria en la década de los sesenta. Cuando en 1973 firmamos los acuerdos de paz de París, habíamos ganado la guerra. Pero perdimos la paz. Durante dos años, los sudvietnamitas rechazaron victoriosamente todas las violaciones comunistas del alto el fuego. La derrota sólo llegó cuando el Congreso, ignorando los términos específicos del tratado de paz, rehusó conceder a Saigón una ayuda militar semejante a la que la Unión Soviética estaba otorgando a Hanoi.

(…)

Durante la contienda, muchos decidieron que guerras como la que se estaba librando contra los vietnamitas del Norte no pueden ganarse nunca porque la victoria de los revolucionarios es inevitable. (…) El hecho de que nuestras brutales tácticas modernas resultaran al parecer ineficaces contra campesinos descalzos vestidos con pijamas negros, constituía una prueba más de que su causa era justa y de que la nuestra no lo era. (…) Los comunistas, en cambio, eran fieles defensores de un principio, armados con poco más allá que la gozosa convicción de que luchaban por su país, por la libertad y por la justicia.

(…) La propaganda de la desproporción de fuerzas en el Vietnam; el mito del pequeño-bueno contra el grande-malo causaron el daño suficiente como para contribuir a la pérdida de la guerra por los Estados Unidos y por el pueblo del Vietnam del Sur. En la actualidad es uno de los ingredientes del síndrome del Vietnam, hasta el punto de que los americanos se sienten avergonzados de su propio poderío, culpables de su fortaleza y negligentes sobre la necesidad de utilizar dicha fortaleza para proteger su libertad y la de los demás.

En definitiva, los defensores de las libertades perdieron la batalla de la propaganda, la batalla ideológica y cultural, incluso dentro de los propios Estados Unidos.

En el capítulo 5 del mismo libro, CÓMO PERDIMOS LA PAZ, hay un sereno pero desalentador relato de cómo EEUU perdió la guerra de Vietnam:

Ganamos la guerra del Vietnam pero perdimos la paz. Todo lo conseguido en veinte años de lucha fue arrojado por la borda en un arrebato de irresponsabilidad del Congreso.
Cuando en enero de 1973 se firmaron los Acuerdos de Paz de París, existía en Indochina un equilibrio de poder. El Vietnam del Sur se encontraba seguro dentro de las líneas de alto el fuego. Aunque los jefes norvietnamitas no habían abandonado sus planes de conquista, quedaban disuadidos de renovar la agresión. La vietnamización había triunfado, pero el poderío de los Estados Unidos era el cimiento sobre el que descansaba el tratado de paz. Desaparecida la amenaza latente de una renovación de los bombardeos americanos en Vietnam del Norte, Hanoi se sentiría fuertemente tentado a preparar otra invasión del Sur. Sin una ayuda militar y económica adecuada, Saigón carecería del poder para rechazar otra invasión de tal género.

El Congreso procedió a arrancar la derrota de las fauces de la victoria. En cuanto las tropas americanas hubieron salido del país, inició un repliegue total de nuestros compromisos con el pueblo del Vietnam del Sur. En primer lugar, destruyó nuestra capacidad para obligar al cumplimiento del tratado de paz, al aprobar leyes que prohibían el uso del potencial bélico americano en Indochina. Luego minó la disposición sudvietnamita para defenderse, al reducir drásticamente nuestra ayuda militar. Al cabo de dos años el equilibrio del poder se inclinaba decisivamente en favor de Hanoi. Cuando el ejército del Vietnam del Norte se dispuso a lanzar su ofensiva final, el del Sur padecía la situación más débil en más de cinco años, y se tambaleaba bajo los efectos de las reducciones presupuestarias del Congreso, que se traducían en drásticos recortes en el suministro de combustible y municiones.

El 30 de abril de 1975, cuando los tanques soviéticos irrumpieron en las calles de Saigón, el Vietnam del Sur se rindió. Las guerrillas de los jmeres rojos (comunistas) habían conquistado Camboya trece días antes. Las fuerzas de Pathet Lao, apoyadas por Hanoi, tomaron Laos unos cuantos días después. Todas las fichas del dominó habían caído una tras otra en Indochina.

Pero el final de la guerra no trajo la paz para los pueblos de Indochina. Quienes habían advertido durante las hostilidades que un baño de sangre seguiría a la victoria comunista, vieron confirmados sus más profundos temores. las fuerzas marxistas ejecutaban o tomaban ahora prisioneros a quienes se oponían a ellas conforme imponían su nuevo orden. Millares de vietnamitas cayeron asesinados en los campos de concentración de Hanoi. Cientos de miles más fueron ahogados en el mar de la China del Sur cuando huían en las patéticas flotillas de “la gente de los barcos”. Y más de dos millones de camboyanos, es decir, un cuarto de la población total del país, fueron abandonados en el frenesí brutal de la venganza y la destrucción comunistas.

El final de la guerra tampoco trajo la paz al resto del mundo. Nuestra derrota en el Vietnam paralizó la voluntad americana para actuar en otros lugares conflictivos del Tercer Mundo y, en consecuencia, estimuló la agresión de quienes de antemano los habían convertido en zonas peligrosas. Durante los siguientes cinco años, la clientela de la URSS y las fuerzas afines desencadenaron una ofensiva geopolítica que produjo pasmosos reveses a los Estados Unidos virtualmente en todas las regiones del globo.

Con estos precendentes hay que pedirle a Barack Obama que trate de corregir los errores de George W. Bush; pero, sobre todo, rogarle que procure no estropear sus logros, concretamente en Irak. EEUU no merece perder de nuevo “una guerra que ya estaba ganada”.

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